Mi lámpara se apaga

Hace algunos días atravesé lo que probablemente podría llamar una etapa seca en mi relación con Dios.

Básicamente, no oraba con pasión ni tenía ganas de ir a la iglesia o de pasar tiempo a solas con el Señor. Hacía igual esas cosas pero como en piloto automático. Realmente mi corazón no estaba del todo presente.

Se me hizo muy cuesta arriba seguir adelante con mi comunión con mi Padre Celestial a pesar de eso.

 

Este invierno se extendió más de la cuenta
Hace tiempo que no veo la primavera

 

Me gusta que mi relación con Dios sea activa, fructífera, apasionada, llena de entusiasmo.

De hecho, en ocasiones me pasa como a aquel apóstol que en medio de una experiencia sobrenatural, le preguntó al Señor Jesús si construía una enramada para morar allí, en el éxtasis de su presencia porque no quería regresar a lo ordinario.

Así que cuando mis emociones no están presentes para motivarme, lucho para hacer cosas que, de otro modo, haría prácticamente sin esfuerzo.

Puedo orar. Leer la Biblia. Asistir a mis reuniones con normalidad; pero más por deber que por querer.

 

Hace mucho que no brilla el sol con fuerza
Se nubló mi corazón sin darme cuenta

 

Claro, yo entiendo que no podemos hacer enramadas y quedarnos a vivir en momentos emocionales con Dios. Toca seguir. Quisiera yo encapsular su presencia y andar el día entero flotando en nubes de aleluya… pero, no funciona así.

Nos toca regresar a nuestra vida regular: cepillarnos los dientes, ir a trabajar o estudiar, hablar con amigos, atender nuestros asuntos y ya.

Toca salir de la enramada, bajar el monte y seguir adelante.

Existen momentos para sentir y ver; pero, gran parte de la Fe cristiana consiste en esperar y creer.

Por eso, no digo que uno tenga que andar sintiendo a Dios todo el tiempo. No. Lo que me pasó durante esos días fue algo diferente; simplemente, no tenía ganas/pasión por buscarle, por obedecerle, por servirle. Aunque lo estuviese haciendo, mi corazón no estaba allí.

 

Añoro la mañana cuando el sol saldrá,
cuando brillará

 

En una oportunidad, Jesús contó una parábola, es decir, una historia inventada para ilustrar un principio espiritual, que me ayudó mucho en este tiempo de “sequedad”:

La parábola trata acerca de diez vírgenes que esperan la llegada del novio para acompañarlo junto a la novia a su fiesta nupcial, como se acostumbraba en la época. Ellas eran algo así como las damas de honor y los escoltaban en la noche hasta el lugar de la celebración (la casa del novio).

DiwaliOilLampCropLas vírgenes tenían unas lámparas de aceite para alumbrar  el camino hacia la fiesta.

5  de las jóvenes (las prudentes, de acuerdo con Jesús) tomaron la previsión de llevar más aceite para sus lámparas en caso de que el novio tardara; las otras 5, no lo creyeron necesario. Se confiaron en que les alcanzaría con lo que tenían y, por eso, Jesús las llama insensatas.

Auch.

En efecto, el novio se tardó más de lo acostumbrado. Tanto así que las vírgenes se quedaron dormidas. Todas ellas. Prudentes e insensatas.

A eso de la medianoche, él finalmente llegó.

Las jóvenes se levantaron y acomodaron sus lámparas.

En ese momento, las insensatas se dieron cuenta de que el aceite no les alcanzaría y les pidieron un poco a las cinco prudentes, las cuales (obviamente) se negaron porque no habría suficiente para todas.

Así, las insensatas salieron a comprar más aceite en el mercado pero cuando regresaron ya el novio se había ido. Con las prudentes. Sin ellas. No pudieron entrar a las bodas.

Triste, ¿verdad?

En esta parábola, Jesús enseña el principio de esperar con expectativa su Segunda Venida. Nos invita a estar atentos a Su regreso. Preparados para ese momento.

Sin embargo, yo tengo que reconocerte que, en ocasiones, he sido como las insensatas.

Así como en esos días de sequedad de los que te hablé, en muchas oportunidades he visto como mi lámpara se va quedando sin aceite. No tomé previsiones y se fue apagando antes de que llegara el novio.

He estado en la posición en que mi expectativa, mi pasión por Dios, por Su Palabra y Su Venida han menguado y no tengo cómo avivarlos.

En ese contexto, el cantante Jesús Adrián Romero hace referencia a esta parábola en la canción “Brilla”, que dice así:

 

Duele el frío que ha dejado en mí tu ausencia
Duele el aire al respirar sin tu presencia
Ya mi aceite se acabó sin darme cuenta
Y mi lámpara se apaga en la tormenta

 

Al igual que Jesús Adrián, también he añorado la mañana en que mi lámpara arda otra vez, pero no he sabido qué hacer, qué decir, qué orar para que eso pase.

Entonces, pensé: “¿cómo consigo ese aceite para que siga encendida mi pasión por el Señor?”.

No sabía cómo hacerlo así que solo se lo pedí.

Le pedí a Dios aceite para mi lámpara. Le dije que no tenía cómo comprarlo, ni sabía dónde lo vendían, pero que necesitaba de su aceite para seguir esperándolo como Él quiere.

¿Y sabes qué? Él lo hizo.

Él lo hizo por mí y puede hacerlo por ti.

¿Le falta aceite a tu lámpara?

¿Quieres que el sol vuelva a brillar con fuerza en tu relación con Dios o que empiece a hacerlo?

¡Pídeselo!

Él tiene grandes reservas celestiales de aceite para tu lámpara. Para que vivas con pasión hasta que Él venga a buscarte para la gran fiesta nupcial.

Pídele que venga y brille. Él puede hacerlo. Y más importante aún… Él quiere hacerlo.



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