Ya lo intenté todo…

¿Qué no hacemos cuando estamos buscando soluciones a nuestros problemas?

¡Intentamos de todo!

En especial si se trata de algo que nos quita el sueño o nos hace sufrir mucho. ¡Queremos que el dolor termine! Así que tratamos casi cualquier cosa que parezca funcionar.

¿Una pastilla? Está bien.

¿Un psicólogo? Eso es.

¿Ir a la Iglesia? Ok, pero que no empiecen a pedir dinero.

Cuando estamos desesperados, somos receptivos hasta los más locos métodos posibles.

Sin embargo, hay ciertos conflictos que parecen imposibles de resolver, ¿verdad? Tratas todo lo que sabes, sigues todos los consejos y nada cambia.

¿Qué hacemos en estos casos? Cuando ya no hay más ideas. Cuando ya intentamos todo. No se nos ocurre otra cosa qué hacer. No hay más planes. Nada sirve.

Te contaré mi experiencia en este aspecto.

Durante varios años, tuve una fuerte batalla mental entre la Fe y la incredulidad. Todo el día cuestionaba a Dios, la Biblia, el cristianismo, a Jesús… a pesar de que mi corazón pedía a gritos creer. ¡Era horrible! Y esto solo paraba mientras dormía (por eso me gustaba mucho dormir). Traté de mil maneras terminar con aquello, pero siempre estaba presente de alguna u otra forma.

A mí me gusta leer, así que compré todos los libros que podía sobre el tema. Leía artículos y escuchaba todas las prédicas posibles porque pensaba: “Si leo el libro correcto, si sigo el método preciso, si veo la frase perfecta que me ayude, si alguien me da el consejo indicado, si la persona idónea ora por mí o si escucho la prédica acertada… entonces esto terminará”.

Pero, no era así. Leía el libro. Seguía el método. Veía la frase. Escuchaba la prédica. Y nada.

Buenas personas oraron por mí. Y nada.

No puedo decir que estas cosas nunca me ayudaron, pero no hacía que parara definitivamente. Regresaba a mi casa y la batalla mental estaba ahí.

Un día, en una conferencia que vi por televisión, la predicadora Joyce Meyer estaba hablando de que nuestra ayuda viene de Dios y no de los métodos que Él usa. A veces, el Señor obra a través de personas, frases, consejos, pero la ayuda es Suya solamente.

Obviamente, yo había escuchado eso un montón de veces, pero ese día fue diferente. Lo entendí como nunca antes.

Fui. Me paré frente a los libros que tengo en mi cuarto y les dije (sí, a los libros) las palabras más liberadoras para mí en ese momento:

BlogPost


Ustedes son muy buenos y

me enseñan muchas cosas,

pero no son Dios.

Llegué al punto en el quizás estás tú hoy: no necesitaba que me hablaran de Dios. ¡Necesitaba a Dios mismo!

Necesitaba cerrar mis ojos, levantar mis manos y recibir la ayuda de mi Padre Celestial para seguir.

Me cansé. Mis mejores ideas ya no valían un centavo. O Dios hacía algo o yo no podría más.

Entendí que la solución no estaba en un libro ni en una prédica, la solución solo estaba en el Señor. En Él. Solo en Él.

Estas otras cosas son canales a través de los cuales Dios obra, pero no son Dios. Ese día el Señor me enseñó a fijar mis ojos en Él porque de Su mano vendría la victoria definitiva… hasta que ese día llegara, Él me sostendría. ¡Y así lo hizo!

Hace 9 años que tuve esa seria conversación con mis libros y el impacto de lo que aprendí todavía me acompaña.

Tú que estás leyendo esto, si acaso tu esperanza ha estado en un amigo, en un libro, en un ayuno, en una conferencia o quizás en algo tan pequeño como este blog, te animo a cerrar tus ojos, levantar tus manos y reconocer que tu ayuda viene solo de Dios.

Todo lo demás falla, pero Él no.


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