No me importan las consecuencias

Hace muchos años, el pastor Jeffrey de León me enseñó a tenerle envidia a quienes no tienen una relación personal con Dios.

No había pasado hasta ese momento; pero, desde entonces, he tenido en mi corazón el deseo de parecerme a ellos en un aspecto en particular, me he esforzado y espero estar obteniendo buenos resultados.

¿Qué es es eso que quiero imitar?

Muy simple: ellos no temen las consecuencias de sus acciones.

Tú hablas con una persona sin una relación con Dios, le explicas por qué Él hará mejor todo y cómo una vida alejada de Su amor y de Sus principios los destruirá y, usualmente, están de acuerdo contigo pero deciden no cambiar.

Ellos entienden y, casi siempre, te dan la razón, pero siguen adelante con sus ideas.No importa lo que pase.

“Dios no te quiere cerca de esa persona, no te conviene”, adviertes.

“Hacer eso te meterá en problemas”, repites.

“No aceptes esa clase de negocios”, aconsejas, de nuevo.

Entienden. Asienten con la cabeza. Es verdad. 

Pero, lo harán a su modo. Seguirán sus reglas. Desafiarán su conciencia.

No le temen a las consecuencias. Quieren su propia voluntad y lo darán todo por gotas de placer.

Pues bien, yo quiero esa clase de osadía.

Si a ellos no les da miedo lo que pueda pasarles por darle la espalda a Dios, entonces a mí tampoco me importa lo que me pase si me entrego a Él por completo.

Si por seguir a mi Señor se burlan de mí, me pasa algo malo, me llaman fanática, no recibo lo que quiero… no interesa.

¡No le temo a las consecuencias yo tampoco! Sirvo a Dios con todo sin pensar en qué pueda pasarme.Me entrego sin límites porque vivir para Él es el deseo de mi alma.

Que se acaben para siempre los filtros, las excusas… aquí no hay nada más que pensar: lo doy todo y que sobre mí venga lo que tenga que venir.

¿No es esa la clase de valentía que anhelas tú también?

Piénsalo bien: tus amigos que rechazan a Dios lo hacen sin reservas y se entregan a su propio estilo de vida sin analizarlo.

Tú y yo podemos hacer lo mismo: postrarnos ante nuestro Señor y Dios sin guardarnos nada.

La gran diferencia se verá un día cuando nosotros no tengamos que arrepentirnos de esa decisión; después de todo… Él ha prometido cuidar de nuestras osadas vidas hasta el final.


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