¿Quién tiene el control?

Dime algo para lo que necesites a Dios realmente.

Hablo de tu vida diaria, de la práctica. Olvidemos toda teoría por un instante. Olvidemos los versículos o frases cristianas que ya te sabes.

Menciona 4 ó 5 cosas en que Dios sea genuinamente toda la opción que tengas, es decir, no hay plan B. Has abandonado toda alternativa posible y has determinado en tu corazón que solo Él tiene la salida.

Quizás también te pasa como a mí, te cuesta llegar a las 4.

En teoría, puedo decirte más de 100; pero, en la práctica me comporto diferente, como si todo dependiera de mí.

Si yo no sigo los 5 pasos para _________, nada pasará.

Si yo no me muevo de cierta manera, si no hago lo indicado, empujo o lucho, no habrá resultados. Dios no hará nada. Depende de mí. Depende de mi fe. De mis fuerzas. De cuán elocuente y larga es mi oración.

Yo controlo los resultados. El Señor no hará nada si yo no me muevo.

Hablamos de Dios pero, con frecuencia, actuamos como si los únicos reales fuésemos nosotros.

Por eso, el gran viaje del cristianismo consiste en ahogar esa creencia arraigada en nuestro corazón de que el control de todo se encuentra en nuestras manos.

El acto más honroso que podemos hacer es darle muerte a ese espíritu independiente que dice: yo me gobierno.

De ahí que el día más importante en nuestra relación con Dios es cuando decimos: “no puedo con mi vida. Intenté todo lo que sé y no soy suficiente. Tómame y haz lo que quieras conmigo”.

Renunciamos. Declaramos nuestra incompetencia y hacemos oír en el cielo la dulce confesión de que aunque no podemos arreglar el desastre que creamos, Dios puede.

sicamente, la vida cristiana consiste en morir a la independencia.

“No puedo, Dios. Esto es lo mucho que consigo hacer, pero sabemos que sin ti estoy perdido”.

Pero, eso es una lucha.

En lo secreto del corazón, donde nadie ve ni quisiéramos que vieran, no queremos necesitar a nadie, en especial a Dios.

“Yo sé qué hacer”, decimos, “yo sé cómo orar”. “Sé qué libro leer”, “conozco la forma de actuar”.

“Me basto”.

Pero, no es cierto. 

El día llega y la hora viene cuando nos damos cuenta de lo contrario; no queda más remedio que humillarnos.

Ahora, lee con atención: estar humillado delante de Dios porque somos incapaces de manejar nuestra vida es el lugar más seguro donde podemos estar; creernos fuertes y estar convencidos de que sabemos todo, el más peligroso.

¿Eres un desastre manejando tu vida?

¡Todos lo somos!

Bienaventurado nosotros cuando nos damos cuenta y dejamos que Dios tome el control. 

El sí sabe hacerlo.


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