Un caso difícil

“Si Dios existe, tiene muchas explicaciones que darme”

Frida Kahlo

“Buenos días, señor Juez”, te dice un alguacil antes de entrar a la corte.

“Buenos días”, le respondes con poco entusiasmo.

“Escuché que este caso es difícil”, te dice con una sonrisa de medio lado.

Encoges los hombros y sonríes un poco también, “Sí, también oí eso, Lucas”.

“Suerte, señor Juez”

“Espero no necesitarla”, le contestas mientras abres la puerta que te lleva a la sala de juicio. No miras a tu alrededor, solo te concentras en llegar a tu silla.

Alzas la vista y entonces entiendes que este no será un procedimiento normal: la iluminación en la sala es prácticamente nula. No hay público presente. Solo la víctima y el acusado te acompañan. Tenues luces blancas caen sobre ellos. Una sobre ti también.

En especial fijas tus ojos en el acusado. Extrañamente, no parece preocupado. Todo indica que se siente muy seguro de sí mismo, pero no hay arrogancia en Su mirada.

No esperabas que Dios luciera diferente, aunque estuviera en tu tribunal. Después de todo, es experto en aparentar tener todas las respuestas, Su problema siempre ha sido que no ofrece ninguna, ¿no es cierto? Usualmente, te hace creer que tiene todo bajo control cuando alrededor solo hay caos.

De pronto empieza  el juicio, tu dolor se levanta con firmeza y comienza a presentar su caso:

“Señor Juez, usted bien sabe que nunca quisimos llegar a estas instancias”, asegura, “pero hemos sido obligados por las circunstancias. ‘Te amo con amor eterno’ nos prometió el acusado” lo señala sin verlo, “y usted ya sabe cómo nos abandonó cuando más lo necesitábamos. Se comporta indiferente ante nuestra necesidad”, dice la víctima con resentimiento en su voz.

El acusado cierra los ojos. Si por vergüenza o indignación, no estás seguro.

“Si me amara como dice”, insiste tu dolor, “no habría permitido que nada de esto sucediera. ¿Cómo puede ver lo que me pasa y no hacer nada? ¿Cómo puede abandonarme así? ¿Por qué no hace nada?”, su respiración se agita con cada palabra.

Toma unos segundos para calmarse y continúa: “Exijo de Su parte una indemnización por los daños causados, una explicación a Su indiferencia y una respuesta clara a mi necesidad”, dice finalmente, “o no quiero saber más nada de Él”.

Entiendes su punto perfectamente. Suena bastante lógico para ti y sus demandas no podrían llamarse absurdas.

“Su turno”, le indicas al acusado mientras lo señalas con tu mazo. Te interesa mucho escuchar Su defensa. Has querido escucharlo desde te asignaron el caso.

Dios te mira, te mira como si amara mirarte y te incomodas un poco; luego, sonríe de medio lado, un poco como el alguacil que saludaste hace unos minutos… y baja la cabeza.

Tal parece que no habrá defensa… y de inmediato entiendes por qué.

No habrá defensa porque Dios no pertenece a ese tribunal como acusado, te das cuenta. Tú no eres un juez de verdad y nadie te ha entregado la autoridad para hacerle exigencias al Creador y Dueño de todo.

El tribunal es Suyo. El mazo le pertenece. Él dicta la sentencia. No le debe explicaciones a nadie.

Él no tiene por qué justificarse a Sí mismo, aunque muchas veces dolor lo demande.

Sin embargo, Dios ofrece algo mejor que explicaciones a las Frida Kahlo de este siglo. Ofrece Su amor, Su paz y Su consuelo.

“Eso no me sirve”, piensas tú.

Sí te sirve. Quizás no me creas ahora, pero eso es justo lo que necesitas.

Renuncia a tu silla de juez y pon una almohada a Sus pies.

“Vamos, pequeño, ven a descansar”, susurra Dios cuando te das el permiso de abandonar mazo y acercarte a Él.


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