Dios, acné y limpiezas faciales

La semana pasada viví una experiencia dolorosa y espiritual. En ese orden.

Mi cara es la culpable de esto. Tuve que hacerme una limpieza facial porque tenía muchísimo acné (como si tuviera 16 y no 26).

Aparentemente, las causas que me llevaron a esta penosa condición fueron:

1) Mala alimentación (que incluye grasas, dulces y todo lo bueno en general)

2) El prácticamente inexistente uso de protector solar, a pesar de vivir en un lugar popularmente conocido como “la tierra del sol amada”

3) El uso, en cambio, de productos inadecuados para mi tipo de piel (?)

4) No hacerme una limpieza facial antes de que estuviera en un punto crítico

Para hacerte corta la historia, estaba muy brotada y ya no podía posponerlo más, aunque eso quería.

La esteticista pasó unos 15 minutos echándome mascarillas y tratando mi rostro como fina porcelana, pero, todo era un engaño vil y cruel. Simplemente, me estaba haciendo sentir en confianza y yo caí como tonta.

Unos segundos después, se revelaron sus verdaderas intenciones: iba a atacar mis erupciones una por una. Quiero que, por favor, notes el uso de la palabra “atacar”. No es un eufemismo.

Tenía muchísimas: en la frente, en las mejillas, en la barbilla, en la nariz. Algunas ni siquiera sabía que estaban allí (de ahí la importancia de hacerse limpiezas faciales, claro está).

Fue todo horroroso. Algunas estaban infectadas y me hicieron retorcerme en la cama; por mi mente pasaron pensamientos que iban desde “nunca más en mi vida tomaré refresco” hasta “voy a golpear a esta mujer en la cara”.

Y justo ahí, mientras me odiaba por haberme sometido voluntariamente a esa tortura, con una lagrimita traicionera que me caía por el lado derecho de la cara, Dios tocó mi corazón con una palabra.

Tenía meses sin recibir algo tan específico de parte Suya –y, si me preguntas, yo quizás hubiese escogido un momento diferente–. Esta es la parte del versículo que trajo a mi mente como un rayo:

“…sin mancha y sin arruga…”

Efesios 5:27

Aunque te puedo asegurar que es difícil asimilar una verdad espiritual mientras te acuchillan la cara, yo supe de inmediato lo que Dios quería mostrarme, y me maravillé en parte porque la ilustración que usó era extraordinaria. No lo habría entendido tan bien de otro modo.

En el contexto de esa frase, el apóstol Pablo les está ordenando a los hombres cristianos amar a sus mujeres como Jesús amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla; con el propósito de presentársela a Sí mismo gloriosa, perfecta, santa, sin imperfecciones.

Dicho de otro modo, Cristo asumió la tarea de limpiarnos de nuestra inmundicia; no porque no nos ame a pesar de ella, sino porque nos ama demasiado como para dejarnos con ella. En parte, esa tarea Él mismo la empezó y la terminó en la Cruz, pero la veremos plenamente completada cuando venga por segunda vez.

¿Mientras tanto? Bueno, mientras ese momento llega, haz de cuenta que Jesús es un esteticista y que todas nuestras mentiras, malos pensamientos, crueldad, desobediencia, necedades y  pecados en general son cientos de erupciones en la cara; y Él ha venido a acabar con ellas.

Sí, cariño, va a doler.

Limpieza FacialEl propósito es bueno: belleza, pureza, gloria; pero, el proceso quizá nos saque unas cuantas lágrimas. Duele, duele mucho.

Hacer morir todo el egoísmo acumulado, poner en nosotros un corazón limpio, dispuesto, obediente… te miento si te digo que siempre será placentero.

A veces, te retorcerás en la cama y te preguntarás por qué te sometiste voluntariamente a esto; pensarás, como yo lo hice, que quizás no te molestaría quedarte con uno o dos granos con tal de que ya no duela más.

Pero, si Jesús realmente se parece a mi esteticista, no me dejará levantarme hasta que mi cara sea perfecta; sin embargo, igual que ella, también se compadecerá de mí y me dirá dulcemente “esto te va a doler, pero ya falta poco”. Me consolará cuando esté sufriendo mucho y me dará unos minutos para recobrar el aliento antes de continuar.

Lo miraré y en ocasiones me dará la impresión de que le duele que me duela. Al igual que odié a mi esteticista por hacer algo bueno por mí, también habrá momentos en que no reconoceré que Su trabajo es por mi bien; lo juzgaré mal y le atribuiré malas intenciones.

Sin embargo, cuando el dolor pase, cuando las cicatrices ya no estén y mi rostro resplandezca de hermosura, me acordaré de darle las gracias por no rendirse conmigo; por creer que, debajo de tanta imperfección, había algo por la que valía la pena luchar.

Entonces, saltaré de gozo y ya no me acordaré más de cuánto dolió; solo celebraré que Él fue capaz de ver mi belleza cuando todo lo que yo podía ver era inmundicia.Natacha Ramos


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