¿Otra vez Jesús?

“Señor, haz mis oídos sensibles a tu voz”.
07/10/10

 “Aunque tengo mil ataques, estoy aquí para adorarte”.
19/11/10

 “No le pongas un tope a la Fe con tu mente”.
25/04/11

Durante varios años, he llevado conmigo un cuaderno donde escribo algunas verdades y oraciones a Dios. No me extiendo demasiado; solo escribo frases que me conmueven de una forma especial.

De vez en cuando, me gusta revisar lo que he dejado en esos cuadernos y una de las cosas que más me asombra es la fe tan osada de la joven (más joven) que fui.

Totalmente entregada a Dios, enamorada de Su presencia y de Su propósito; consumida por completo con el deseo de agradarle, de servirle a Él y a Su pueblo.

Me veo a mí misma en el pasado y me doy cuenta de que en la época de mi adolescencia y en los inicios de mi juventud fui extraordinariamente feliz. Viví a plenitud cada día en que voluntariamente me rendí con todo mi ser delante del trono de mi Padre Celestial; a Sus pies, hallé plenitud, gozo, redención, amigos, familia y amor inagotable.

Con Él a mi lado, enfrenté las situaciones más duras y salí de ellas victoriosa, “sin siquiera oler a humo”.

En esos años, Dios me ayudó a ver mis propios defectos, a entender la gravedad de algunos de ellos, a superar ciertas debilidades y a permanecer firme en la lucha contra otras que insistieron en mantenerse de pie.

Al considerar esto, me doy cuenta de que nunca me he sentido tan satisfecha como cuando he buscado el rostro de aquel que todo lo llena en todo; y no porque a Su lado no haya atravesado momentos difíciles, sino porque ha sido el mayor deleite de mi vida derramar mis lágrimas en su regazo y permitirle vendarme las heridas.

Él ha sido mi amigo, mi compañía, mi guía, mi luz, mi verdad, mi bandera, mi adversario, mi pregunta y todas mis respuestas.

En muchas ocasiones, seguirle ha significado sufrir y negarme cosas que quiero: desde comida hasta amistades; sin embargo, con certeza digo que lo volvería a hacer, sin dudarlo, con tal de estar a Su lado.

Leí en algún lugar que los veintantos son una etapa de transición en la que evalúas qué cosas de las que te han acompañado hasta ese punto quieres que sigan contigo en tu vida como adulto, por eso te replanteas prácticamente todo.

En esta etapa, cuestionas las personas a tu alrededor, tu carrera, tus compañeros, tu trabajo, tu país y, sí, también en tu fe. En mi caso, durante este duro proceso de transición que he vivido los últimos meses, tuve que decidir si Jesús es una persona que quiero conmigo el resto de mi vida o si la dejaré como parte de los diarios de mi juventud.

Es como si se hubiese abierto otra vez delante de mí la decisión de seguirle o no, y pensé: “Vivir sin Jesús es algo que quizás yo podría tratar de hacer, como muchos otros, pero francamente no quiero, ¿cómo podría siquiera intentarlo si los momentos más felices de mi vida los he tenido a Su lado? No conozco gozo como el que Él me regala cuando cierro mis ojos y lo busco de todo corazón.

Y, ahora que lo medito bien, por loco que pueda parecer, creo que de alguna u otra forma seguir a Jesús es una decisión que renovamos no solo durante los veintitantos, sino cada día de nuestras vidas.

Con cada amanecer, mientras sus misericordias se están renovando, dos sendas se dividen frente a nosotros. Por amor a mí misma, espero cada día escoger el camino menos transitado, ese que, según Robert Frost y los diarios en mi librero, hace toda la diferencia.


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