¿Acaso soy un fraude?

“Una amiga preciosa ganó un concurso de belleza; unas semanas después, le pregunté qué se sentía: ¿era emocionante? ¿Estaba en shock? ¿Lo consideraba una bendición total?

– ‘Empecé a consumir antidepresivos’, me contestó”.

Allison Trowbridge, Veintidós

 “A veces pienso: ‘¿en algún momento la gente se va a dar cuenta de que soy un fraude total?’ No merezco nada de lo que he logrado durante los últimos años”.

Emma Watson

 “Me levantaba en la mañana antes de ir a grabar y pensaba:
‘No puedo hacer esto, soy un fraude’”.

Kate Winslet

Se conoce como el “Síndrome del impostor” y es más común de lo que te puedas imaginar.

Básicamente, cuando las personas logran cierto éxito en algún aspecto de la vida y reciben reconocimiento por eso, comienzan a desarrollar dudas acerca de sí mismas.

Los pensamientos van más o menos en esta dirección:

“Estoy triunfando en esto, pero no es porque yo sea bueno; la gente a mi alrededor cree que lo soy; sin embargo, solo es cuestión de tiempo antes de que todos descubran que tuve un golpe de suerte y ya”.

“No soy tan inteligente como creen; en verdad no sé nada de nada”.

“No tengo la capacidad de repetir aquel logro”.

“Estoy fingiendo que sé lo que hago, pero no tengo ni idea. Un día lo van a notar”.

No soy una actriz famosa como Emma Watson ni he ganado un certamen de belleza; sin embargo, sé exactamente de lo que se trata. Yo también me he sentido un poco impostora.

Me pasa cuando bajo del púlpito, cuando estoy a punto de grabar un video o de darle clic a “publicar” un post para el blog.

Me pasa cuando estoy dando instrucciones en el trabajo o cuando le estoy dando un consejo a un amigo.

No sé cómo luzco del otro lado, cómo me veo por fuera; quizás parezco muy segura. Pero, en el interior siento que no tengo idea de qué estoy haciendo; me cuestiono mis motivos, mis capacidades, mi fe.

A veces, incluso le he dicho a Dios: “No estoy dudando de Ti, de lo que Tú puedes hacer. Dudo de mí, de que yo sea suficiente para mantenerme en la senda que has trazado para mí”.

Cuando alguien se me acerca para decirme que algunas de mis palabras le ayudaron de una forma u otra, me da la impresión de que creen que soy más fuerte y espiritual de lo que soy en verdad.

Lucho demasiado y con demasiada frecuenta como para considerarme una gran autoridad; por eso, me da mucho miedo fallarles a los que confían tanto en mí.

En Internet, conseguí varios consejos para superar el “Síndrome del impostor”; no obstante, no pienso que mi deber sea “superarlo”, sino asumirlo de la forma correcta.

Mantenerme consciente de mis incapacidades y de mis batallas, me hace más dependiente de Dios. Es verdad: no soy tan fuerte ni tan espiritual como muchos pudieran pensar, y eso está bien, porque me recuerda que lo necesito a Él con desesperación para cumplir con cualquier misión que ponga delante de mí.

Más que nada, creo que nos sentimos impostores porque en parte lo somos: nos comportamos como si estuviésemos seguros de lo que hacemos, como si no tuviéramos miedo, lo cual no es real.

Sin embargo, eso me ayuda a quitar los ojos de mí misma y a ponerlos en Aquel que, a pesar de mis sentimientos, fallas y luchas, me hace suficiente en Su suficiencia; y, al mismo tiempo, me hace lo bastante humilde para reconocer que debo enseñarles a otros a mirar en esa misma dirección.

Pon tus ojos en mí y tarde o temprano te decepcionaré; fija tu mirada en Él y nunca serás defraudado. Es una promesa.

Natacha Ramos


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