El problema del sexo casual

Lo aprendí de Jane Eyre, una novela hermosísima y muy adelantada a su época en la que la protagonista, Jane, acepta trabajar en la casa Mr. Rochester como la institutriz de su protegida, Adèle Varens.

Poco a poco, casi sin darse cuenta, Mr. Rochester se enamora perdidamente de Jane, y esta de él, al punto de que toman la decisión de casarse. Sin embargo, por ciertas razones (que no te contaré para no arruinarte la historia), nuestra heroína rompe el compromiso con Mr. Rochester y se aleja de él a pesar de amarlo con locura.

Mr. Rochester quedó destrozado. Su mayor deseo era Jane. Le consumía el deseo de estar a su lado y hacerla su esposa, pero, al verla tan firme en sus convicciones, entiende que en realidad la ha perdido para siempre.

En su última conversación, con gran desespero, le dice estas palabras:

“Podría torcerte con mi dedo y mi pulgar.
Eres tan solo una vara en mis manos,
pero haga lo que haga con esta jaula
no puedo llegar a ti
y es tu alma lo que quiero”

Jane Eyre (película, 2011)

Mr. Rochester sabía que podía obligar a Jane a estar con él, incluso a hacerla su mujer en el sentido físico de la palabra; sin embargo, no era el cuerpo de Jane lo que buscaba, sino a Jane, toda Jane: su mente, sus emociones, sus sueños, su risa. Toda ella.

¿Cómo tomaba esa jaula vacía sabiendo que su alma no venía con ella? Para Mr. Rochester era lo mismo que no tenerla en absoluto.

“Con su envoltura carnal puedo hacer lo que quiera,
pero lo que habita en ella escapará siempre a mi voluntad”.

Jane Eyre (libro)

Y Mr. Rochester la dejó ir.

Antes de leer Jane Eyre, nunca había visto un ejemplo tan claro de lo inhumano, robótico y frío que es intentar entregarse a la mitad. ¡A Mr. Rochester le parecía una burla! Así de mucho amaba a Jane.

Por eso, con orgullo creo y defiendo la idea de que Dios no nos hizo para que nos entregáramos a la mitad; de hecho, me parece imposible pensar que no hay sufrimiento en el interior cada vez que lo intentamos.

Vivimos en una sociedad donde tratamos de ser “felices los 4” en nombre del placer. “Agradamos el cuarto”, sugerimos con descaro. Nos susurran la idea de que el sexo solamente es físico: “es tu cuerpo, tu decisión”.

En ese contexto, planteamos la teoría de que es posible entregar el cuerpo y guardarme el alma en un cajón, y al final el que más da es el perdedor.

Dios, en Su infinita ternura, me ha enseñado a no tener tan pocas aspiraciones en la vida. Lo quiero todo, como Mr. Rochester; no solo la mitad. En nombre del respeto que me tengo a mí misma, prefiero un amor de verdad… tú sabes, de ese que no tiene miedo de entregarse por completo.

Natacha Ramos


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