¿Será que me equivoqué?

¿Se vio mal?
¿Será que me equivoqué?
¿Se habrá molestado por lo que dije?
¿Sí te parece que quedó bien?
¿Habrá pensado que lo hice a propósito?

Solo por mencionar algunas de las preguntas que hago semanalmente.

En serio, solo algunas.

Quizás siempre he sido de esa manera, pero en las últimas me he dado cuenta de la vergonzosa cantidad de veces que hago preguntas de ese estilo.

Supongo que he llegado a ese sublime momento en que la constante necesidad de afirmación me está comenzando a asfixiar un poco.

El problema radica en que, ocasionalmente, hallo intranquilidad en mi interior hasta que encuentro a una persona en la multitud que me dice: “lo hiciste bien, no te preocupes”, “sí estás en lo correcto”.

Música para mis oídos.

Es la misma razón por la que puedo entrar con ímpetu en una habitación y hacer oír mi voz con total convicción, para luego encerrarme en algún otro cuarto con el propósito de cuestionarme si acaso habré hablado muy fuerte o si debí esperar un tiempo más oportuno antes de irrumpir ferozmente en las ocupaciones de los demás.

Le llaman “autocrítica”, “autoanálisis”; pero, en la práctica, luce como si permanentemente estuviera sentada en el banquillo de los acusados, acusándome y dejándome acusar.

Creo que no le debí haber dicho eso
¿Tú crees que me apresuré?
¿Estuvo mal que llamara a esta hora?

También le dicen inseguridad, dudar de uno mismo.

Aunque, si te soy sincera, ya ni siquiera me parece tan importante el nombre o si acaso encajo en alguna definición de ese estilo.

Lo único que entiendo hasta ahora es que así no se puede vivir en la libertad a la que Dios nos ha llamado y que, seriamente, estoy decida a cooperar con Él en mi proceso de rehabilitación.

En este camino, he comprendido que una de las razones por las que quiero asegurarme de que hice lo correcto es porque, en el fondo, me da mucho miedo equivocarme o que algo salga mal porque yo no hice bien mi parte.

No quiero fallar ni fallarle a nadie.

Sin embargo, hace unos días, mientras meditaba en todo esto, me llegó una revelación celestial que decía más o menos así:

Si te equivocas, no es la gran cosa tampoco.
Dale, equivócate. Arriésgate. Defiende tus ideas y averigua qué pasa.

Ahora bien, digamos que ferozmente defiendo una idea y, al final, se descubre que yo estaba completamente equivocada en mi planteamiento.

Ya está, me equivoqué. Lo hice mal. Me toca aprender de eso, arreglar lo que pueda y seguir adelante.

Un error no es mi fin. No es el fin. No es mi fin ni siquiera si se trata de un gran error.

Creer que puedo arruinar todo con mis equivocaciones es, francamente, darme demasiado crédito. No soy tan importante. Nadie lo es.

Por lo tanto, he decidido que voy a arriesgarme a hacer lo que creo que es correcto, tal como lo he venido haciendo, pero sin sufrir un ataque pánico en el proceso, pues me aferraré en Dios a la verdad de que “si me equivoco, no es la gran cosa tampoco”. Aprenderé y seguiré adelante.

Porque equivocarme no es mi fin. Tampoco el tuyo. No somos tan importantes. En realidad, nadie lo es.

Natacha Ramos


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