De la confianza y otros objetos perdidos

Hace varios años, visité a unos tíos que viven en la isla de Margarita. Estuve 4 días con ellos.

Margarita es uno de los lugares más increíbles en Venezuela, todos lo saben: los que han ido y los que todavía no.

Margarita - Natacha Ramos
Margarita

Ahora bien, si a Margarita, que es maravillosa, le sumas la presencia de estos tíos que mencioné, ahí sí estamos hablando de un verdadero paraíso.

Durante nuestras 96 horas juntos me trataron con todo el amor del mundo. Me llevaron a sitios hermosos. Recorrimos la ciudad. Se tomaron cualquier cantidad de molestias para asegurarse de que yo estuviera cómoda y feliz.

Y lo estaba.

Cómoda y feliz.

Hasta que de pronto no lo estuve.

Margarita 4 - Natacha Ramos
Cómoda y feliz (2013)

Un día antes de mi regreso, mi tía me llevó a un centro comercial para cumplir 3 propósitos clave: comer, hablar y comprar ropa.

En una de las tiendas, me enamoré de una chaqueta y quise llevármela. Cuando iba a pagarla, me di cuenta de que no tenía conmigo mi documento de identidad (es decir, mi cédula) y de que no recordaba dónde la había puesto.

Pude comprar la chaqueta de todos modos, pero, a partir del segundo en que me di cuenta de que no tenía la cédula, me empecé a preocupar, principalmente porque sin ese documento no podía viajar de vuelta a mi ciudad.

Hasta ese momento, mi tía no había hecho otra cosa que complacerme en todo y sonreír con alegría porque yo estaba allí, con ella.

Chaqueta - Natacha Ramos
La chaqueta en cuestión

Sin embargo, al percibir con su instinto maternal que estaba inquieta por el asunto de la cédula, hizo algo que no había hecho hasta ese momento: frunció el ceño.

Me miro y me preguntó: “¿Qué pasa?”. Yo le dije lo que pasaba. Eso que te acabo de contar. Lo de la cédula.

Entonces, ella me dijo, con un poco de molestia: “No te preocupes. Ajá, si no la consigues, ¿qué? Te sacamos otra”.

No creas que no quise argumentar que eso no es tan fácil, pero me contuve porque en verdad parecía inquieta con el asunto. No me tomó mucho entender por qué:

Mi tía, que me ama, se tomó como una ofensa personal el hecho de que yo estuviera a su lado y me sintiera algo diferente a cómoda y feliz. El tiempo que estábamos juntas debía ser divertido, ella quería darme eso.

Entonces, decidí olvidar el asunto del documento y simplemente disfrutar el tiempo con mi familia hasta que pudiera revisar mi maleta (en donde estaba mi cédula, por cierto).

Por años he recordado ese momento, porque creo que Dios es igual.

Creo que nuestro Padre Celestial se toma como una ofensa personal cuando estamos cerca de Él y nos sentimos algo diferente a seguros y en paz.

Pienso que tal vez frunce el ceño cuando tenemos miedo o nos angustiamos porque las cosas no saldrán como soñamos.

Casi puedo verlo en el centro comercial, ligeramente irritado porque estamos juntos y yo no dejo de enumerar todo lo que anda mal con mi vida y cómo estoy prácticamente convencida de que no aparecerá en el momento oportuno para ayudarme.

No se trata de que no podamos mostrar ante Dios nuestras debilidades; pero sí de que el deseo de Su corazón es que, en Su presencia y en Su amor, estemos confiados, cómodos y felices. Como de paseo. De compras. Como niños confiados en la provisión de Su padre.

“Yo estoy aquí”, quiere decir.

“Va a salir bien”.

“Encontraremos una solución”.

“Puedes descansar”.

“¿Te mencioné que estoy aquí?”

Acercarnos a Él y darnos el permiso de estar cómodos y felices. Sí. Eso seguro lo hace sonreír.

Natacha Ramos


2 thoughts on “De la confianza y otros objetos perdidos

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