Los Discursos que Nunca Dije

“Madurar es darte cuenta de cuántas cosas no requieren tu comentario”.

Louie Giglio

En la vida se nos presentan situaciones en que debemos dar un paso al frente, decir lo que pensamos y mantenernos firmes en nuestra posición.

Asimismo, también llega el tiempo de callar. Hay una lucha, pero no vale la pena enfrentarse, porque no obtendremos nada de eso. Incluso si ganamos, la discusión es muy vacía, y los resultados poco edificantes.

Sin embargo, no siempre es sencillo discernir cuándo toca lo uno o lo otro. ¿Me arriesgo o me quedo donde estoy? ¿Alzo la voz o guardo silencio?

Creo que Dios nos da sabiduría para discernir los tiempos, pero te contaré algo que me sucede en ocasiones:

Cuando hay un conflicto de opiniones o me siento en medio de una injusticia, a veces llego a mi casa y ensayo discursos frente al espejo para defender mi posición apenas tenga la oportunidad.

Mentalmente y en voz alta repito los argumentos de por qué tengo razón en este punto. Analizo las respuestas que puedo recibir, hago contraataques magistrales en mi imaginación. En fin, me preparo la guerra. Decido ganar. Voy con todo, sin miedo.

No obstante, al día siguiente, luego de una noche de descanso, usualmente me doy cuenta de que se trata de una lucha absurda después de todo. Se me quitan las ganas de ganar. Percibo que todo era un asunto de orgullo más que de justicia.

Alejarme del conflicto por un rato, me ayuda a ver la situación con una perspectiva diferente, casi siempre mejor.

Entonces, engaveto mis discursos bien planificados. Olvido el afán que me motivaba a seguir a luchando y descubro que en realidad el asunto no era tan importante como me parecía.

Estoy consciente de la influencia que mi Padre Celestial me ha llamado a tener. Pienso que mi voz tiene peso. Creo que mi opinión vale. Pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que no siempre tengo que decirla.

No tengo que comentar todo. No hace falta que me involucre en cada situación. Parte de la sabiduría consiste en determinar con inteligencia qué batallas debo librar y cuáles me conviene pasar por alto.

¿Qué nos ayuda a decidir? Un poco de tiempo. Dar un paso hacia atrás. Alejarnos del calor del momento y respirar. Este es un lujo que no siempre tenemos, pero podemos aprovecharlo cuando se dé.

Dios nos conceda que nuestros comentarios sean certeros y edificantes, lo cual seguro significará que en más de una ocasión nos tocará quedarnos callados. Muchas veces, así se gana también.

Natacha Ramos


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