¿Chiquita yo?

Una cosa es como otros nos ven, y otra cosa muy diferente es cómo nos vemos a nosotros mismos. Quizás no te resulte difícil creerme si te digo que la segunda es mucho (mucho) más importante que la primera.

Pienso que mis padres me criaron de una forma tal que siempre he creído que puedo hacer lo que sea, es decir, cumplir cualquier sueño en mi corazón.

Me hicieron vivir con la convicción de que Dios me hizo fuerte e inteligente, con un propósito bueno y especial. Y yo lo creí. Siempre lo creí. Anduve por los pasillos del colegio y de la universidad con la idea de que, lo que sea que hiciera con mi vida, sería valioso. No conocía de límites, solo veía posibilidades.

Sin embargo, más tarde, mucho más tarde, me di cuenta de que no todos me veían de la misma manera, de hecho, me veían bastante diferente.

Recuerdo la primera que alguien me dijo: “No puedo creer que puedas hablar así ante un público. Yo te veía tan chiquita”.

¿Chiquita?

En otra oportunidad, una señora se acercó a mí después de un servicio de la iglesia y me dijo: “Ay, yo pensé: ‘¿Cómo van a poner a esa criaturita a predicar? ¡Es una bebé!’”.

¿Una bebé?

Tú asumirás que, al ser un metro y 50 centímetros de estatura, yo ya me había dado cuenta de que soy bajita, y supongo que sí lo sabía, pero ¿qué podría tener eso que ver con mis capacidades? No entendía la relación.

Yo no me veía chiquita. Nunca me vi así.

Luego, en diferentes contextos cuestionaron mis habilidades por ser “muy joven”, “muy tímida”, “muy carita-de-niña” y, claro, mi siempre-favorita, por “ser mujer”.

Poco a poco, tuve que aprender que tales prejuicios existían (y existen). Me tocó aceptar que quien yo soy es visto a través de los filtros de mi estatura, mi juventud y mi género, aunque creo que mi estatura y mi carita-de-bebé han sido las principales fuentes de conflicto.

Esto me llevó a comprender algo que nadie me había explicado antes: “Las personas a veces creen que no puedo hacer ciertas cosas porque me ven pequeña”. Y entendí, entonces, la importancia de tener una apariencia imponente para triunfar en el mundo laboral e, incluso, el eclesial.

Ahora bien, en este post intento decirte que yo nunca me vi diferente a esos de “apariencia imponente”. Nunca pensé que era pequeña o insignificante por mi estatura o mi edad.

Y estoy sumamente agradecida por eso.

Creo que me atreví a hacer cosas que los “grandes” hacen, porque nunca me vi chiquita. Siempre me vi de la estatura correcta para todo lo que Dios ha puesto en mi corazón.

Hoy es mi cumpleaños número 28: todavía tengo carita de bebé y sigo midiendo un metro y 50 centímetros. Cuando otros quieren juzgarme por eso, no puedo hacer nada para evitarlo. Pero tengo esta gratitud infinita hacia mi Dios y hacia mi familia, porque me enseñaron que no tengo que vivir según lo que otros piensan de mí.

La buena noticia es que tú tampoco tienes que hacerlo. Al final del día, somos lo que somos en el corazón, sin importar cómo nos vemos por fuera.

Natacha Ramos

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