Cuando perdí mi norte

Él me acompañó cuando perdí mi norte

Jesús Adrián Romero, Se quedó conmigo

Una de las cosas que más me gusta acerca de mí es mi habilidad de enfocarme en el objetivo.

Tengo clara la visión y voy tras ella con todas las fuerzas que me salen del alma. No hay desvíos ni caminos alternos. Solo veo una línea recta desde donde estoy hasta la meta.

Y he sido así por mucho tiempo. Apasionada. Comprometida. Inconmovible.

Creo que Dios me regaló el don terminar lo que empiezo, y de no conocer “peros” hasta lograr lo que vi en el corazón.

Hasta que de pronto ya no fue así.

En algún punto de este año me pasó algo que no había vivido con tanta intensidad. En sentido figurado, siento que pasé por un horno de fuego al que calentaron 7 veces más de lo normal.

Perdí mi enfoque. Olvidé de dónde vengo y adónde voy.

Empecé a ir tras cosas que nunca me habían preocupado antes y me fabriqué una visión artificial que Dios no me había entregado.

Y sufrí.

En mis años de convicción profunda y fe inquebrantable, nunca había sentido que me alejaba del propósito que Dios ha trazado para mí.

Lloré de confusión. Lloré de ansiedad. Lloré por no creerme suficiente. Cuestioné mi valor. Me sentí menos que otros y me afané por conseguir lo que otros tienen. Caí en la trampa de pensar que hay un lugar llamado felicidad que puedo construir con mis propias manos. Un lugar al que no se llega en oración y comunión con el Creador.

Se llega con tácticas, estrategias y esfuerzos humanos. Un lugar donde sobrevive el más fuerte, no el más fiel.

En estos últimos días del año, miro hacia atrás y me avergüenzo de la persona independiente que intenté ser. Me arrepiento de los castillos que quise levantar en mis fuerzas, con los planos que yo misma dibujé.

Me arrepiento de no haber confiado en el Dios que me da todas las cosas con el soplo de Su abundancia. Lamento no haber escuchado Su voz y haber endurecido las paredes de mi corazón al susurro de Su llamar.

No había conocido una oscuridad interior que me desviara los pasos; ni había bajado mi frente ante el peso de la adversidad.

Sin embargo, este tiempo me dejó una valiosa enseñanza:

Incluso en mi peor momento, Dios se queda conmigo.

Yo entiendo que el Dios eterno permanezca a mi lado cuando he seguido el plan, cuando me he entregado a Su propósito con abandono.

Yo puedo aceptar a un Padre Celestial que no rechaza al que anda conforme a Su visión y al que anda alineado a Sus pasos.

Pero, yo no hice eso por un tiempo, y aún así no me dejó. Le di motivos y razones para escoger a alguien más, para ponerme a un lado y encontrar una mejor opción que lleve a cabo Su plan.

Pero Él escogió quedarse conmigo.

Ese es el regalo de Su gracia. Y es esa gracia la que conquista el alma. Le sirvo a un Dios amoroso y perdonador, que me da las segundas oportunidades que ni siquiera me atrevo a pedir.

Ese que me quita la vergüenza y me da un manto de justicia y perdón.

Por eso, me levanto de nuevo y me atrevo a creer por un año de victoria para la causa de Aquel que me llamó. Sigo adelante, no porque crea que lo merezco, sino porque, si Él no se rinde conmigo, yo tampoco lo haré.

Mi Dios, que también es mi amigo, me recordó cuál es el norte. El plan de 2020 es ir tras él con las renovadas fuerzas de Su Espíritu, esas que nunca se agotan.

Natacha Ramos

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