Todo lo que sé del amor

Amor es un concepto tan importante y a la vez tan difícil de definir.

Hay algunas cosas que sí entendemos, claro. Sabemos que el amor nos da un motivo para levantarnos por la mañana y perseverar, aunque los tiempos sean duros.

También, sabemos que amar es todo lo que Dios pide de nosotros; y amar es todo lo que da sentido a la vida.

Vivimos para amar y, en cierto modo, amamos para vivir.

Incluso el científico Stephen Hawking, quien se dedicó en cuerpo y alma al estudio de la astrofísica, dijo en una ocasión: “No sería un gran universo si no fuera el hogar de las personas que amas”.

Y en 1 Corintios 13:13, el apóstol Pablo nos dice que, aunque ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, en realidad, lo más grande es el amor.

Detengámonos solo por un momento para meditar en la verdad de que el amor es mayor que la fe (wow!). No que la fe no es grande. Se trata de que el amor es incluso mayor. 

Pienso que conozco el amor desde que nací. Mis padres me lo enseñaron con su ejemplo. Mi familia y mis amigos me aceptaron, me cuidaron y me llevaron de la mano al crecer. Y, desde antes de la fundación del mundo, Dios me amó.

Sin embargo, no siempre entiendo la anchura, la altura y la profundidad del amor que recibo y del que tengo la capacidad de dar a otros. Creo que sé lo que es, pero a la vez comprendo que trasciende el conocimiento. Va más allá de las razones y los sentimientos.

Amar no siempre tiene sentido y no siempre se siente de alguna manera en particular. No obstante, todos sabemos cuando está. También sabemos cuando no está.

Por eso, pienso que es una de esas cosas que solo sabes cómo es cuando la experimentas por ti mismo. 

En este post quiero contarte una de las formas en que yo lo viví:

A finales de enero del año pasado, cuando mi mamá vino de visita a Dallas, pasamos unos días juntas. Y fue increíble. Lloramos, reímos, peleamos, hablamos, comimos, fuimos de compras y nos mostramos la una a la otra lo mucho que habíamos cambiado en tan poco tiempo.

Fue un martes en la mañana cuando mi compañera de apartaento y yo la llevamos de vuelta al aeropuerto. Cuando la vi que comenzaba a atravesar las líneas de seguridad, el corazón se me empezó a arrugar.

Se iba. 

Ya no la tendría cerca. Se alejaba.

Cuando regresé al carro de mi amiga, cerré la puerta y vi el aeropuerto a través de la ventana.

Entonces, todavía viendo por el vidrio de la ventana, empecé a llorar. Y lo vi en mi interior. No siempre lo veo con tanta claridad, porque en mi humanidad rota usualmente viene acompañado con un poco de egoísmo. Pero en ese momento lo vi en su estado más puro.

Era amor.

No era una simple emoción, no era solo una idea en mi mente. Era un poco de eso, pero mucho más. Era mi deseo de que ella fuera feliz, de que pudiera vivir en un mundo donde ya no hubiera lágrimas ni dolor. Era una parte de mi corazón orgullosa de tenerla adentro y a la vez temerosa de verla partir.

Ese día, mientras veía por la ventana, lo supe con claridad: “esto que siento ahora es la fuerza más poderosa del universo. Esto es lo más grande. Esto es lo que permanecerá cuando todo lo demás se haya desvanecido”.

Amor. 

Así de verdadero, sublime, puro, sencillo. No puede ser vencido.

De amar a mi mamá he entendido por breves instantes lo que significa querer sacrificarse para que el otro esté bien.

Me hace entender un poco más a Dios, que dio todo lo que tenía por mí.

Quizás tú también has tenido momentos así. Quizás te ha pasado con tus padres, con un hijo, un nieto, un esposo, un amigo.

Tal vez has experimentado ese instante en que una parte de tu corazón te deja para irse con alguien más. Ese momento en que estarías dispuesto a perder con tal de que otro pueda ganar. Esos son destellos de lo que verdaderamente significa amar.

No se siente como una película romántica. Es mejor que eso. No es superficial. Atraviesa las capas del alma y llega hasta lo más profundo.

Me siento orgullosa de servir a Creador que me creó para amar. No hay nada más poderoso, más sublime o más verdadero.

Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, como diría el apóstol Pablo. Un día no habrá necesidad de tener fe porque veremos. Pero, amor, el amor nunca acabará.

Natacha Ramos

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