Tenía que ser mujer

“No me siento tonta y ella no puede convertirme
en algo que no soy”.

Programa de protección para princesas

En el seminario en el que estudio, por muchísimos años se les prohibió la admisión a mujeres. Por diversas razones teológicas y, en mi opinión, algunas no teológicas, esta era una institución de hombres, y solo de hombres blancos, además. Fue un paso radical cuando comenzaron a aceptar a hombres negros. Y, con el tiempo, tomaron la decisión trascendental de aceptar mujeres.

Sin embargo, las mujeres solo podían estudiar en ciertos programas, no en todos. En el que yo estoy, por ejemplo, empezaron a aceptar mujeres no hace mucho. Ahora bien, aunque la posición del seminario es mucho más abierta a mujeres y minorías en general, algunos profesores y miembros del cuerpo estudiantil se resisten al cambio.

Al parecer, el hecho de que soy mujer, o bueno, el hecho de que soy una mujer hispana y que, además, quiero predicar desde el púlpito, parece ser un problema. No miento cuando digo que algunos de mis compañeros de clase están convencidos de que yo no debería estar ahí. El rol de la mujer en la iglesia es un tema sensible por estos lares. Se debate a menudo. A veces, estoy en clase con lágrimas desbordadas mientras escucho la opinión de algunos acerca de lo que se supone que puedo y no puedo hacer.

Además, el rumor en los pasillos es que, por ser hispana, quizás algunos consideren que no tengo mucho que aportar de todas maneras.

No escribo esto con resentimiento. Lo escribo porque, en medio de esta situación, he descubierto algo hermoso: a pesar de todo, nunca me he sentido cohibida de ser yo misma frente a mis compañeros. No digo que algunos de ellos no me consideren menos (menos calificada, menos llamada, menos adecuada), digo que cuando hablo con ellos siempre me siento su igual. Sin importar su posición respecto a las mujeres en el ministerio, o sus prejuicios respecto a las minorías étnicas, yo siempre he expresado mi opinión delante de ellos, sin miedo.

En discusiones en grupo, en presentaciones, en debates, en clase y fuera de clase, yo me siento tan inteligente y tan digna como ellos. Cuando me hablan, nunca pienso: “Él no quiere escucharme” o “él no cree que tengo derecho a opinar”. En realidad, la única razón por la que sé que algunos tienen conflicto con gente como yo es porque el problema se admite con frecuencia. Sin embargo, cómo otros me ven no ha tenido el poder de cambiar cómo me veo a mí misma.

Y eso es un regalo de Dios, de mi familia y de la cultura que me formó.

Lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que la razón por la que esto no me afecta tanto es porque no le creo a nadie que no debo estar ahí. No le creo a nadie que valgo menos por ser mujer o por ser hispana. De hecho, a veces me cuesta creer que otros puedan verme así. Fui criada con la convicción de que mi género y mi cultura me dan un estatus verdaderamente honorable. Mis padres me enseñaron que puedo hacer todo lo que Dios me ponga en el corazón para hacer, sin pedir permiso por cuestiones de raza o género.

Y esa convicción está tan arraigada en mis huesos que no puedo sentirme menos ni aunque lo intente. No lo soy. No soy menos. He dicho esto antes, pero cada día lo veo más y más claro. Nadie puede herirte o hacerte sentir como tonto sin tu permiso. Tu opinión de ti mismo, tu revelación personal de que vales tal como Dios te creó, es infinitamente más importante que lo que digan las voces a tu alrededor.

Andar con esa convicción es el arma más poderosa que he conseguido para combatir la ignorancia de quien no la tiene.

6 Replies to “Tenía que ser mujer”

  1. Bravo! Aplaudo desde lo más profundo de mi corazón esta enseñanza…que bendición como DIOS nos ama tanto, y nos hizo mujeres guerreras valiosas llenas de valentía para llevar sus decretos leyes y estatutos a la humanidad para que conozcan de su amor infinitamente misericordioso que les da una total libertad en sus vidas…Bendiciones mi amada Natacha!

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